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Author Archives: Stefan

Relats ÀNIM: EL EXPERIMENTO

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EL EXPERIMENTO

Sé que la sonrisa de Andrés tiene los días contados. Regresó hace una semana de sus vacaciones, y aún tiene el regusto de la novedad en la boca. Pero en pocos días ese recuerdo se irá consumiendo y se impondrá la rutina. Lo tengo comprobado, es un hecho totalmente empírico. Clasificar sobres y paquetes es lo que tiene. Todo lo mecánico acaba secando el alma. Y si no, que me lo digan a mí, que vengo cada día a esta oficina de correos desde hace treinta años a recoger las cartas del gabinete donde trabajo.

Sí, pronto la cara de Andrés tendrá la misma expresión anodina de su compañero Guillermo, quien ahora me está atendiendo en el mostrador. No le culpo, es comprensible, ocho horas delante del público, con una conversación neutra: “DNI, por favor”, “Firme aquí”, “Gracias”, “Siguiente”.

Cada uno de los funcionarios de la oficina de correos lleva escrito en la frente la palabra “aburrimiento”. En su momento creyeron ser afortunados por haber aprobado unas oposiciones y tener la vida laboral garantizada; pero eso exige un alto precio. Quizás los primeros años intentaron hacer su trabajo con entusiasmo, pero los asuntos burocráticos tienen poco encanto. Sé lo que me digo…

La expresión de Andrés es temporal, con fecha de caducidad, destinada a marchitarse como una flor que ha sido cortada y colocada dentro de un florero. Al cabo de unos días, el agua tendrá un olor agrio, y la flor llevará el color de la muerte en sus pétalos. Es ley de vida.

Han pasado dos días más, y la cara de Andrés mantiene la sonrisa pegada. Veo que Luisa lo mira de reojo, debe de hacerse la misma pregunta que yo. Luisa es la más veterana de la oficina y eso le concede el privilegio de poder mostrarse más borde con el público y con sus compañeros. Hasta puedo adivinar en su mirada la incomodidad que le produce el buen humor de Andrés. Resulta discordante, provocativo y hasta insultante. Si su sonrisa no desparece por la rutina, lo hará por el desprecio de sus compañeros. No tardará en suceder, es cuestión de esperar…

Tres semanas, y la sonrisa de Andrés me resulta intrigante. Diría que inaguantable, pero me puede más la curiosidad que el desprecio. Sin embargo, aún me desconcierta más la reacción de Guillermo y la de Luisa ante su compañero, parecen haber aceptado esta novedad,  y hasta he percibido una leve sonrisa en Guillermo cuando hoy me ha saludado. Si fuera paranoico pensaría que esto es una pandemia, una enfermedad contagiosa que afecta al seso. Seguiré esperando, sé que esto tiene los días contados.

Ha pasado un mes. Andrés cuenta chistes, y sus compañeros ríen sus gracias a carcajadas. El sonido de la risa es discordante, su eco resuena dentro de estas cuatro paredes con la misma desafinación que un violín de tres cuerdas. Pero a ellos no les importa hacer el ridículo. Me pregunto a dónde fue Andrés de vacaciones…

Esto no lo puedo permitir. Hoy Guillermo me ha hecho un comentario acerca del partido de fútbol de la pasada tarde, Andrés y Luisa me han mirado fijamente esperando que mis labios se inclinaran de forma ascendente. Casi cedo a la tentación, mi barbilla ha temblado y mi rostro casi se ha relajado para dejar fluir una sonrisa, pero he conseguido recuperar el control en el último momento. Andrés me desquicia, si pudiera, no volvería a esta oficina, pero no tengo alternativa. Debo ser fuerte, o acabaré volviéndome loco, como ellos. ¡Claro, es eso! ¡Se han vuelto locos! Ese debe ser el resultado final que le espera al funcionario cuando la rutina posee su mente y su cuerpo. Es una reacción de choque. En el fondo están desesperados. Sin duda es así, ¡menudo descubrimiento! A mí no me engañan…

Luisa parece haber rejuvenecido diez años. Tiene otro estilo, en su peinado, su forma de vestir, hasta en la delicada manera de llevarse el cabello hacia atrás. Es amable con el público, femenina. Guillermo parece unas castañuelas, procuro evitarle. Últimamente me atiende Andrés; por un lado lo prefiero, Guillermo me produce vergüenza ajena, y Luisa es pura decepción. Pero Andrés, no deja de mirarme como escrutando mis pensamientos. Me ha deseado un buen día. Tengo que tener mucho cuidado con él. No debo olvidar que fue el foco de esta pandemia. Intento resistirle la mirada para demostrarle que no le tengo miedo. Su amabilidad me resulta un duelo de poderes. Pero no sucumbiré.

La oficina de correos parece otra, la gente entra y sale con buen sabor en la boca, se escuchan saludos, leves carcajadas y deseos de buenos días. Todo orquestado por el buen tino de Andrés, Guillermo y Luisa. Yo intento pasar el mínimo tiempo posible en ese espacio viciado. Es antinatural, me desquicia pensarlo, me obsesiona como una ecuación de la que no hallo solución. Sigo sin saber a dónde fue Andrés de vacaciones, y creo que sería necesario saberlo, porque el lugar de donde haya venido debería estar en cuarentena. Me estoy planteando venir con mascarilla la próxima vez, por si el contagio es por el aire.

Hoy no he podido más. He seguido a Andrés hasta su casa. Necesito saber de dónde procede su enfermedad. Mañana me colaré. Es necesario. La humanidad me lo agradecerá algún día.

Entrar en la casa de Andrés no ha sido difícil. He registrado sus cajones, pero no he hallado pistas acerca de sus vacaciones. Creo que las pistas están en su ordenador. Ayer pude observar desde la ventana y conozco su clave…. Hecho, ordenador encendido. Hay carpetas en el escritorio: PERSONAL, FINANZAS, RECETAS DE COCINA… Pero ninguna sobre VACACIONES. Y la carpeta de FOTOS contiene fotos de Andrés con el cabello más largo, de hace años, ninguna foto que me dé pistas sobre su reciente viaje. Hay una carpeta extraña: EXPERIMENTO. Dentro de ella un documento Word con el mismo nombre. Lo estoy abriendo… Ya está abierto, lo estoy leyendo:

Amigo, si lees esto es que ayer mientras me espiabas por la ventana conseguiste la clave de mi ordenador. No importa, de hecho, me esforcé por teclear lo suficientemente lento como para darte tiempo a memorizarla. Desde que me seguiste hace dos días, que sabía que la curiosidad te podría y entrarías en casa. Sé que no eres  peligroso y que la desesperación te lleva a ello.

Desde que hace tres meses me operaron del tumor cancerígeno que tenía y pude salir airoso de la recuperación, que me propuse vivir la vida y hacer felices a los que tengo a mi alrededor. Mi carácter huraño me ha hecho vivir solo y no tener amigos, así que empecé por mis compañeros de trabajo, Guillermo y Luisa. Fue difícil, al principio me miraban con extrañeza, como no reconociéndome. No di explicaciones, me limité a ser feliz. Poco a poco confiaron en mí, y están siendo más felices. La felicidad no se alcanza, se trabaja, es una actitud. Puede ser contagiosa, pero no es peligrosa. Las personas que acuden a la oficina de correos la perciben y durante unos minutos parecen olvidar sus problemas.

Sin embargo, ha habido una persona que en todo este tiempo se ha resistido. Y ése has sido tú. Por eso te convertiste en mi experimento. Necesitaba comprobar hasta dónde llegaba tu hermetismo contra la felicidad. Debo confesar que contigo perdí las esperanzas, hasta que hace dos días vi cómo me seguías hasta aquí. Ahora sé que es la curiosidad la que te ha movido a seguirme, lo cual prueba algo que ya sabía, que no eres feliz, pero sobretodo, que estás cansado de no serlo. Quieres ser feliz, y eso despeja la incógnita.

Amigo, no hay secreto para la felicidad. No es un objeto alcanzable, no es un sentimiento meramente, es la certeza de saber que estás vivo y agradecer por ello. Yo no pude apreciarlo hasta que me vi al borde de la muerte. Pero no es necesario que tú padezcas para llegar a eso. Basta con que cuando salgas de aquí, percibas la buena mañana que hoy hace, el olor al pan recién hecho de la panadería contigua a mi portal, y te dejes contagiar por ello. Pero si esto no te es suficiente, aquí tienes mi abrazo. Solo tienes que girarte y dejar que te abrace.

He clavado la mirada en la pantalla del ordenador, con miedo a girarme y llevarme otra decepción más a la larga lista de las decepciones de mi vida. Hasta que el reflejo de una silueta me ha encogido el corazón. Girarme ha sido fácil, dejarme abrazar es cálido y extraño a la vez. Había olvidado esa sensación, pero este abrazo me ha recordado los pocos abrazos que recibí de mi padre, quien murió cuando yo tenía 14 años. Andrés me lo ha recordado, aún cuando yo podría ser el suyo. Me faltan dos años para jubilarme y por primera vez en mi vida laboral hoy he llorado como un niño. Hoy he visto la felicidad.

Anma Troncoso Pérez

Relats/Relatos/Stories ÀNIM: NOS ACOSTUMBRAMOS

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NOS ACOSTUMBRAMOS

Nos acostumbramos a vivir en nuestra casa y a no tener otra vista que no sean las ventanas de los edificios que nos rodean. Y como estamos acostumbrados a no ver más que ventanas y edificios, nos acostumbramos a no mirar hacia afuera.
Como no miramos hacia afuera, nos acostumbramos a no abrir del todo las cortinas. Al no abrir completamente las cortinas nos acostumbramos a encender la luz antes. Nos acostumbramos tanto, que olvidamos el sol, olvidamos el aire, olvidamos el paisaje.
Nos acostumbramos a despertar sobresaltados porque se nos hizo tarde. A tomar rápido el desayuno porque llegamos tarde. A comer un sándwich porque no tenemos tiempo para comer a gusto. A salir del trabajo cuando ya anocheció. A cenar rápido y dormir con el estómago pesado sin haber vivido el día, porque tenemos que ir a trabajar temprano.
Nos acostumbramos a esperar un “no puedo” en el teléfono. A sonreír sin recibir una sonrisa de vuelta. A ser ignorados cuando necesitamos ser vistos. Si el trabajo resulta duro, nos consolamos pensando en el fin de semana. Y cuando llega el fin de semana, nos aburrimos y deseamos que llegue el lunes para ir a trabajar.
Nos acostumbramos tanto a este estilo de vida, que parece que estamos ahorrando vida por miedo a gastarla, y al final, nos olvidamos de vivir.
“Acuérdate de tu Creador ahora que eres joven. Acuérdate de tu creador antes que vengan los días malos. Llegará el día en que digas: “No da gusto vivir tantos años” Eclesiastés 12:1

Myriam Abenya